domingo, 27 de noviembre de 2011

La vida es como un corto de cine.

Hace unos cuantos años, el ojalatero deseaba con todas sus fuerzas el triunfo de la guerra y por eso se lo pedía a la figura de hojalata tan débil como una lata y tan blanda como una hoja, la paz en nuestros días. Estaba repleto de soldados orgullosos por serlo y lo jubilaban con mucha alegría, la época, era Año Nuevo en un territorio distinto y extraño, un escenario exótico… Algunos de ellos rezaban y otros lo hacían oralmente… daba la sensación de estar viendo una película viviente, ya que todos y cada uno de ellos parecían los personajes – protagonistas de una serie de la televisión. Cada uno tiene sus roles asignados, uno el general como director de esa película, cabo, soldado y otros personajes terciarios. Cada uno tiene sus historias y a causa de ellas se comportan de una forma u otra. Cada uno tiene algo que esconder, recuerdos, anhelos, placeres, planes, metas… Cada uno es su propio personaje en una escena real donde no está determinado el fin y donde el destino es el que manda. El guión no está escrito, lo escribimos sobre la marcha diaria para entrenarnos al gran momento. En ese día tan importante, el desenlace, podrán ocurrir varias escenas de terror, fantásticas, románticas, trágicas… eso será lo único que no decida el director, es el destino, quizá la suerte de cada uno de ellos. La gran pena de toda esta película es que arriesgan sus guiones y sus posibles oportunidades en adentrarse en otras películas, es decir, arriesgan sus relatos por defender lo indefendible, sin caer en utilizar el dialogo como la arma más fuerte y valiosa de todo el campamento del ejercito. Es un buen final para este rodaje… todo dependerá del conjunto de actores, director, colaboradores…


Autora: Elisabet Juan Calvo

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