martes, 13 de diciembre de 2011

La Navidad es una fecha tan importante en la vida de un niño que deja una huella imborrable.

No hay un solo niño para el que no sea interminable la espera de la Navidad. La esperan y añoran, pues se vuelven el centro de atención afectuosa de sus padres y demás miembros de la familia. La vivencia les recuerda que son queridos y los 'tanquea' emocionalmente.
Los regalos que reciben son símbolos naturales del inmenso amor de sus allegados.
Es necesario fomentar las tradiciones familiares en estas ocasiones especiales. La cena de Navidad, la Misa de gallo y la novena de aguinaldos son oportunidades para reunirse en familia y fortalecer los lazos afectivos. Además, les dan herramientas de pertenencia para el futuro.
Como adultos tenemos la capacidad de convertir la Navidad en algo maravilloso. Sí, hay que comprar regalos pero como símbolo de afecto genuino o de agradecimiento. Sí hay que reunirse en familia o con amigos y abrir el corazón.

En cuanto a los regalos, es importante inculcar que el tamaño y el precio no es lo relevante, sino demostrar que se pensó en los seres queridos. Ojalá en todos los hogares se convierta en tradición que los hijos les 'den' también un regalo a sus padres.
Muéstreles a sus hijos que ellos también tienen algo que 'dar'. Puede ser una visita a un orfelinato, un hospital o pasar un rato con alguien que veamos solo y necesitado. No importa qué ofrezcan, ya sean regalos, momentos o promesas.
El 'recibir' sin el dar no es un buen mensaje. Es la Navidad una magnífica oportunidad para despertar en nuestros niños una sensibilidad social, darles seguridad y nutrirlos emocionalmente. Si todavía no existen costumbres navideñas en su familia nunca es tarde para comenzar. ¡Feliz Navidad!

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